Carta del Obispo al inicio del Adviento

Nuestro querido Obispo, D. Adolfo González Montes, nos dirige unas palabras en el inicio de este tiempo de espera:

 

Queridos diocesanos:

El año litúrgico llega a su fin y cumplida la hora de nona del último sábado del año eclesial comienza un nuevo año litúrgico con el canto de las vísperas del I domingo de Adviento. Comienza un año de especial significado espiritual, porque el Papa Francisco ha querido que esté dedicado a la Vida religiosa y consagrada en general, ya que estamos celebrando el año jubilar del quinientos aniversario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, la santa reformadora del Carmelo.

Una reforma que fue seguida por otras órdenes religiosas, que emprendieron un camino similar imitando la renovación carmelitana, a veces de forma casi simultánea y otras siguiendo dentro de la propia tradición religiosa las disposiciones del Concilio de Trento sobre la necesaria reforma de los regulares.

La vida religiosa ha acusado una dura crisis de vocaciones que viene durando años, fruto del espíritu del tiempo y de una cultura profundamente secularizadora y alejada de la utopía evangélica: la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia como forma de caridad perfecta; en definitiva, la práctica radical del espíritu de las bienaventuranzas, núcleo de la predicación de Cristo sobre la apuesta por lo importante y duradero, dada la transitoriedad de la «figura del mundo» que pasa. La vida religiosa tiene un fuerte componente escatológico, es decir, que mira a las realidades últimas y condición del ser humano, llamado a participar de la vida divina de modo definitivo, cuando Dios todo lo lleve a consumación en Cristo resucitado y Dios mismo sea todo en todo, como dice san Pablo escribiendo a los corintios.

La vida religiosa es, además, entrega de la vida en un compromiso apostólico sin retorno, hasta perderla para ganarla para siempre. Todos admiramos la generosa entrega de la vida de los religiosos a los más necesitados, y no sólo en los territorios de misión, acompasando en el amor consagrado al prójimo la proclamación del amor de Dios por todas las criaturas. También en el servicio callado y no publicitado de fidelidad a los pobres, a los enfermos —incluso desahuciados o de especial peligrosidad de contagio—, a los ancianos; a la educación de la infancia y de la juventud, a la labor humanitaria y de integración con los inmigrantes; a la atención social de las personas objeto de trata y prostitución; a los cuidados apostólicos más diversos acompañando la labor pastoral de los sacerdotes; y tantos otros servicios que responden a la vocación de plena consagración a Dios, fuente de la que dimana el amor al prójimo.

Con todo, la vida religiosa ha corrido sus propios riesgos y la crisis vocacional también tiene que ver con ello. Por eso este año de especial dedicación a la vida consagrada es tiempo oportuno, es decir, «tiempo de gracia» para la revisión y la proyección al futuro de la vida religiosa. Los religiosos y religiosas tendrán que hacer su propio examen, para detectar los fallos y potenciar los aciertos de un modo de ser y estar en el mundo que también resulta afectado por la secularización de nuestro tiempo.

Es preciso no dejarse disolver en el espíritu del mundo, ni los religiosos y religiosas ni los demás bautizados, porque somos hoy muy propensos a pensar que los únicos que no tienen que sucumbir al espíritu del tiempo son los ministros ordenados del Evangelio: obispos, sacerdotes y diáconos. Todos los bautizados estamos colocados hoy ante el mismo desafío de una sociedad que se ha alejado de sus raíces cristianas. La nueva evangelización es nuestro reto común y queremos afrontarlo con radicalidad y mesura al mismo tiempo, porque ni todo está perdido ni este tiempo es peor que los tiempos pasados, como algunos profetas de calamidades anuncian; ni podemos descansar tranquilos como si nada de cuanto pasa nos afectara.

Este año de especial atención a la vida religiosa, queremos unirnos muy en particularmente a los monjes y monjas de clausura, a los religiosos y religiosas contemplativas, que han hecho del «ora et labora», del «ora y trabaja» un estilo de vida que es ciertamente huida del mundo como alternativa al asentamiento en él como pasión y tarea obsesiva y materialista, para ser anuncio y anticipación de lo verdaderamente perenne que esperamos. Con estos hombres y mujeres consagrados queremos orar por la vida consagrada, por los bautizados que han hecho del carisma religioso, que es don admirable del Espíritu, vocación y tarea permanente, sin hipotecas temporales en los bienes de este mundo.

Queridos, diocesanos, necesitamos religiosos y religiosas vocacionados, apostólicos y misioneros, amigos del hombre y testigos del Evangelio. Pidámoslo en la oración y apoyemos las vocaciones religiosas que vayan surgiendo entre nuestros adolescentes y jóvenes con una vida cristiana capaz de recibirlas, porque estas vocaciones como todos los dones y carismas vienen de arriba.

Almería, a 29 de noviembre de 2014

                                                           +Adolfo González Montes

                                                              Obispo de Almería

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